LNDA RADIO

martes, 18 de agosto de 2015

Momentos de caos..

Y de repente el tiempo se paró, no pudo entender por qué las manecillas de aquel reloj ya no avanzaban, por qué el sol ya no lucía.
El mar ya no tenía ese sonido relajante, algo en la profundidades bramaba, ni siquiera el aire, lo que antes era suave brisa ahora era tornado.
Todo giraba en su cabeza, por más que preguntaba al tiempo no conseguía entender por qué todo se había parado en aquel preciso instante. De repente, como una secuencia que transcurre lentamente, un dolor inmenso hizo que mirase sus manos, podía notar aquella humedad tibia y su viscosidad.
Como si de un espejo roto en añicos se tratase, allí estaba su corazón destrozado, hecho trizas, agonizando entre sus pequeñas manos. Pudo ver como se iba fragmentando en minúsculos trozos, mientras que aquella sangre que se escurría  entre sus dedos, al alcanzar el suelo, se transformaba en lágrimas, diminutas, iridiscentes como diamantes.
Pero lo que más dolor le causó, fue ver su nombre escrito en la arena, ese nombre que tantas veces había pronunciado, que tanto adoraba nombrar. Ahora se deshacía entre sus lágrimas, se desvanecía como barro seco entre la lluvia.
No podía creer que aquello estuviese pasando, notó como se le escapaba la vida, vio a la muerte abrir sus fauces intentando sorberla, esperaba ver como pasaban esas imágenes que resumían su existencia pero lo único que conseguía ver con total claridad era su sonrisa, su rostro, sus ojos del color de las avellanas, sus labios, esos labios que había besado tan dulcemente.
Al recordar, su dolor se hizo más insoportable, el aire que intentaba respirar, quemaba sus pulmones, sentía como la angustia y la pena invadían todo su ser, volvió a mirar sus manos, solo quedaba polvo, un polvo carmesí tan liviano que se evaporó en la nada.
Su cuerpo se encogía, se iba retorciendo aunque eso ya no podía sentirlo, solo notaba el vacío. En su interior no quedaba ya nada, solo un desolador frío  y un vertiginoso agujero donde antes estaba el corazón. Se preparó para aceptar esa nueva situación a la que pasaría, sin importarle  nada más y cuando cerró sus ojos  para no volver a abrirlos, una dulce melodía le hizo volver en sí. Un sonido que reconocería hasta en  las puertas del mismo infierno, si tuviese que bajar hasta él.
Era su voz, inconfundible, profunda, clara y salvadora. Repetía su nombre una y otra vez, le llamaba con desesperación. Todo cobraba de nuevo sentido, el mar ya no bramaba, la brisa acariciaba su rostro, pudo comprobar que el tiempo transcurría en su orden natural. Mientras tanto, seguía sonando aquella melodía que tanto amaba, aquella voz que era su música y su vida, sus palabras que eran su alimento diario.
Volvió a mirar sus manos, podía ver las suyas sujetando aquel momento, aferrándose a lo que tenían y creían haber perdido, aquellos dedos que habían acariciado su piel tan sutilmente eran ahora su pilar. En su  cuerpo latía con más fuerza aquel corazón que hacia escasos momentos era ceniza, podía volver a respirar, incluso embriagarse de su aroma. Todo había renacido en el compás de una manecilla de reloj….con solo pronunciar su nombre.

María De Barreiro.